¿Alguna vez os habéis preguntado cómo percibís el espacio? ¿Cómo entendéis el medio que os rodea desde una perspectiva puramente espacial? Es una reflexión interesante en el momento en el que se plantea: la forma de entender el espacio condiciona tanto cómo estamos en ese espacio como las modificaciones que efectuamos sobre el mismo. Y yo me pregunto, ¿cómo percibía el espacio la población en la Edad Media? Soy Manu, y en mi línea de hablar de cosas del día a día os voy a hablar de la forma que tenían en la Edad Media de entender algo tan cotidiano y a la vez tan complejo como es el espacio. Este artículo es un ejercicio de comprensión bastante intenso, os voy avisando, pero prometo que merece la pena echar un vistazo a un aspecto tan bonito de la mentalidad humana.

Geografía de la percepción

Por supuesto, para entender este artículo os tengo que hablar sobre cómo se entiende el espacio hoy, y eso significa hablar de geografía. La geografía es la disciplina que analiza las relaciones entre el ser humano y el medio en el que se desenvuelve, como la definen Demangeon y autores posteriores. En la visión determinista de esta ciencia se entendía que en el binomio hombre-medio era el primero el que se adaptaba a las características del segundo, pero desde finales de los años 60 de este siglo pasado se ha venido poniendo en valor el papel de la percepción humana en la formación de una imagen del medio real (Capel, 1973). Puesto en palabras más sencillas y parafraseando a Mikel Herrán: igual que la historia no es la que es, es la que te cuentan, el espacio no es el que es sino el que percibimos.

Fig. 1: Importancia de los elementos básicos estructurales en la imagen de la ciudad. Extraído de “Consideraciones sobre la Geografía de la Percepción”, José Estébanez Álvarez, 1979.

La Geografía de la Percepción defiende precisamente esto: que el territorio, como elemento humano, es subjetivo y debe estudiarse desde la percepción que determinados individuos o grupos sociales tienen del mismo. La percepción del medio y su clasificación dependerán, por supuesto, del individuo, pero podemos encontrar estructuras elementales que vienen de los grupos o culturas en las que el individuo se inserta: sistemas de educación, interpretaciones religiosas de hechos desconocidos… (Estébanez, 1979) Incluso el estatus económico o el género marcarán la percepción que se tenga de un espacio concreto. Es por esto que la Geografía de la Percepción es de gran interés para la ordenación territorial a varias escalas, incluso a la urbanística. Sin ir más lejos, y retomando la cuestión del género, escuchar y entender la percepción de los espacios urbanos por parte de las mujeres es el primer paso para la construcción de un urbanismo inclusivo y seguro.

En la escala regional también influye mucho la percepción porque, por mucho que las distancias se hayan reducido en los últimos dos siglos por los inmensos avances en materia de transporte, construimos la imagen de lugares lejanos con la información que recibimos mayoritariamente de terceros (Estébanez, 1979). Por ejemplo: entre Tanzania y España “solo” hay 11 horas y media de vuelo, un suspiro si lo comparamos a lo que se tardaba en hacer este mismo trayecto en el siglo XIX o antes. Sin embargo, y pese a que el trayecto dure indudablemente menos, la información sobre el Serengueti de la inmensa mayoría de la población viene de los documentales de La 2. De una forma menos drástica sucede dentro del propio país. La imagen que formamos de otros lugares se construye con los datos que nos llegan de terceros y, cuando se mezclan con tópicos y estereotipos, pueden dar lugar a problemas de solidaridad política y económica dentro de un mismo país (Estébanez, 1979).

Pero, ¿cómo estudiamos las percepciones que se tenían sobre el espacio en el pasado? A fin de cuentas, no podemos ir al medievo a hacer una encuesta a la población, pero si sabemos buscar podemos ver indicios de cómo entendían el espacio. Precisamente esto hace Paul Zumthor en su obra, La Medida del Mundo: a través de textos literarios y filosóficos extrae la visión que la población medieval tenía de su entorno, centrándose principalmente en la Plena Edad Media.

Mirando con ojos medievales: el lugar

Habiendo echado un pequeño vistazo a qué es la Geografía de la Percepción, vamos ahora a tratar de comprender cómo vivían el espacio en la Edad Media porque, ¡sorpresa!, no lo entendían como nosotros. Siendo muy resumidos y muy simples, el espacio en la Edad Media no existe. No por sí mismo, al menos. El espacio es un vacío que hay que llenar, y que solamente pasa a existir en el momento en el que contenía puntos de referencia (Zumthor, 1994). Sin embargo, sí que existen los lugares. Los lugares son estos puntos de referencia que le dan sentido al vacío que nosotros hoy conoceríamos como espacio, y cuentan con una serie de características que vamos a intentar entender:

  • El lugar, a diferencia del espacio, es un hecho discontinuo. Es decir, tiene unos límites no marcados, pero sí claros, se sabe dónde empieza y dónde acaba.
  • Es un hecho indivisible, por muchos elementos que contenga, porque estos elementos son los que dan significado al lugar. Es más, el lugar mismo tiene sentido solo como continente, como ya refiere Tomás de Aquino en su comentario a la Física de Aristóteles, definiendo el locus como quoddam receptaculum, un cierto continente (Parodi, 1981).
  • Los lugares están jerarquizados por poseer un valor, tanto intrínseco al lugar en sí como dependiente de la percepción de quien lo habita. En lo más alto de la jerarquía siempre va a estar el lugar natal, y esto puede verse en multitud de elementos. Por ejemplo, en la epopeya escandinava no nombran a ningún héroe sin referir su lugar de nacimiento, y era habitual designar a los extranjeros con el lugar de procedencia antes de la difusión de los patronímicos (Zumthor, 1994).
  • El lugar, en última instancia, implica apropiación. Los lugares existen en el momento en el que se nombran, en el momento en el que se toma posesión de ellos. Cada nuevo lugar, cada nuevo nombre, significará un sinfín de recuerdos y vivencias, una personalidad propia que nace de la relación entre el individuo, el resto del grupo, su cultura común y el propio espacio (Zumthor, 1994).
Fig. 2: Ilustración de Roger van der Weyden para las Crónicas de Hainaut (Vol. 1), donde podemos ver cómo se construyen los espacios y los límites de la ciudad. Fuente: KRB.

Tan importantes como los lugares son los límites. Conceptualmente hablando, la diferencia entre “dentro” y “fuera” de un lugar es mucho más rígida de lo que resulta en la realidad. Este sistema dicotómico implica, por fuerza, la entrada y la salida, un límite y el acto de cruzarlo (Zumthor, 1994). La idea del límite es muy ambigua, puesto que realmente no existe una línea firme que encierre al ser humano dentro de su entorno natural. En torno al siglo XII se ve en la literatura como se asocia normalmente el límite con un cuerpo de agua como podría ser el mar o un río (como el vado de Maupas en el Tristán de Béroul): se puede cruzar a la otra orilla, pero el riesgo de cruzar por un elemento líquido e imprevisible está ahí (Zumthor, 1994). La inmensa mayoría de límites y fronteras vendrán dadas por la costumbre o por la situación política, y son límites que se alejan bastante de la idea de frontera que surge con el Estado moderno, siendo más una serie de zonas vagas que de barreras precisas. Estos límites solo son reales cuando se perciben, e incluso pueden llegar a desaparecer en algunos momentos como sucede, por ejemplo, con los límites visibles en el momento en el que cae la noche.

Hablemos de un lugar que reúne todas estas características: el bosque. El bosque es, demográficamente hablando, un desierto, pero al contrario que otros desiertos no está vacío sino que, todo lo contrario, está lleno de vida y naturaleza. Como espacio natural que es, no es posible limitarlo de forma clara, y, hasta el año 1100, aproximadamente, no será posible controlarlo. Por ello se considerará un espacio salvaje, un no man’s land por el que vagan los animales salvajes y personajes inquietantes (Zumthor, 1994) hasta que, en la Plena Edad Media, comience el proceso de retroceso de los bosques europeos. Es precisamente a partir del año 1100 cuando el bosque pasa de ser un territorio que escapa totalmente del control humano para ser el escenario mal definido de una serie de interrelaciones sociales entre señores que reivindican el bosque como suyo y campesinos que tratan de conseguir concesiones. Este “nuevo” bosque, sin embargo, no cambiará la imagen mental que se tiene del bosque como espacio de naturaleza, asociado a lo salvaje.

Transformando el espacio: la construcción

Por supuesto, no todos los lugares se habitaban ni utilizaban tal y como se encontraban. Como ya hemos visto, el espacio medieval se entiende en su mayoría en los contrastes: dentro y fuera, aquí y allá, noche y día… Y la diferencia entre el espacio “natural” y el espacio edificado es una de las más intensas en esta concepción de los lugares. Esto no es casualidad, puesto que la edificación es un acto con una inmensa carga simbólica: en el momento en el que se edifica se acentúan las diferencias entre “dentro” y “fuera” de una forma que implica una barrera física. No es lo mismo el límite difuso de dónde empieza y dónde acaba una aldea, que depende de la política y la costumbre, que la pared que separa el interior de una vivienda del exterior de la misma.

Fig. 3: Grabado de la ciudad de Basilea en las Crónicas de Nuremberg. Fuente: Wikimedia Commons.

La edificación da al espacio una forma para que pueda ejercer una función (Zumthor, 1994), pero también tiene un fuerte componente de fantasía. Esto puede verse en los roman, donde los palacios y ciudades se describen de formas inverosímiles y ricas porque no se está describiendo una ciudad real, se está describiendo la percepción que un colectivo concreto tiene sobre la ciudad en cuestión y, a menudo, se caía en una serie de lugares comunes en las descripciones. En obras escritas hacia 1200-1220 podemos encontrar que se enumeran de forma admirativa indicios de poder como podrían ser murallas, puertas fortificadas, palacios, castillos e iglesias con los campanarios, la riqueza de sus habitantes o el encanto de la campiña circundante (Zumthor, 1994).

Si el bosque simbolizaba el caos de la naturaleza, un lugar totalmente silvestre, la ciudad es el epítome del espacio ordenado y socializado. Todas las descripciones de ciudades que se hacen aluden a la población, ya sea a las rebeliones de la comunidad de orfebres y artesanos en Le Conte du Graal, a los mercaderes y burgueses del Tristan o Eliduc o a las multitudes en Orange, Narbona o Babilonia. La ciudad se define en términos que implican, sí o sí, la presencia activa del hombre (Zumthor, 1994), es un espacio social que rompe con el desorden natural para, por medio de la edificación, organizarlo y adecuarlo para ejercer funciones necesarias para el bienestar e incluso la salvación colectiva.

Viajes y caminos: el tránsito entre ciudades

Hemos hablado de qué son los lugares, de cómo son, de los lugares naturales, de las ciudades y, a grandes rasgos, de la imagen que proyectaban en el imaginario colectivo. Veamos ahora cómo era el proceso de llegar desde un lugar hasta otro porque, igual que el propio concepto de espacio, el viaje se entendía de una forma muy distinta a la actual. Las diferencias conceptuales del viaje actual y el viaje medieval se explican con las diferencias materiales entre el viaje en el medievo y el viaje hoy: un diplomático importante del siglo XV como Pierre d’Ailly recorrerá en sus 50 años de carrera un total de entre ocho y diez mil kilómetros fuera de su residencia (si usamos como referencia la bibliografía de Guénée). Estas distancias palidecen si se comparan con los centenares de miles de kilómetros que puede llegar a recorrer una persona con responsabilidades similares hoy en día.

Estamos hablando de que en el siglo XII el viaje entre Austria e Inglaterra supone cuatro semanas. Por ponerlo en perspectiva, un vuelo entre Londres y Viena dura en torno a dos horas hoy en día. Las infraestructuras y la tecnología disponible influyen en la duración de los viajes, pero tampoco se puede percibir una intención de reducir el tiempo de viaje: la mayoría de mejoras que se inventan para el uso de los caballos, como las herraduras o los mejores sistemas de tiro, influyen más en cuánto peso puede cargar el caballo que en la rapidez del mismo (Zumthor, 1994). Esto es porque el viaje tiene una carga de comunicación humana que, hoy en día, no está presente. El rey que viaja está inscribiendo un dominio sobre la tierra que pisa, y el camino se entiende no desde la indiferencia del turista actual, sino desde un sentimiento de pasión hacia la tierra que se pisa.

El camino no es una ruta en el sentido actual de la palabra, no es un medio para unir dos puntos, no es un espacio desvalorizado. El camino medieval es un elemento inscrito en la memoria, es una serie ordenada de lugares que marcan los hitos y a la vez es un lugar en sí mismo, hecho para el peatón, no tanto para el carro o el caballero (Zumthor, 1994). No está libre de peligros, conforme se van trazando ejes de comunicación durante el siglo XI los riesgos de viajar no disminuyen. Los bandidos, el mal estado del suelo, la dificultad de hallar alojamiento o un relieve hostil podían dificultar el trayecto, y la lentitud del viaje podía aumentar el riesgo de no llegar a buen término (Zumthor, 1994).

Fig. 4: Representación de un carruaje de mujeres representado en el Salterio de Luttrel. Fuente: British Library.

Es por esto que el viajero es, para aquellos sedentarios con los que se cruza, un sujeto de mucho interés. El viaje no es simplemente un desplazamiento, es la transgresión de un límite. Sam Gamyi ilustra muy bien este sentimiento cuando están saliendo de la comarca, en su frase “Se acabó, señor Frodo. Si doy un solo paso más, estaré más lejos de mi hogar de lo que he estado en mi vida”. El viaje medieval es dejar atrás un lugar, atravesar una frontera, enfrentarse al miedo de que no haya más camino bajo tus pies (Zumthor, 1994), y por esto el viajero se ve con fascinación. Había también un deber de acoger a aquel que está de paso, ya fuera por costumbre o por ley como es el caso de la regla benedictina que dicta la obligación de acoger a viajeros a pobres, pero no era algo que se hiciera de mala gana. Los sedentarios disfrutaban los relatos de los viajes, a menudo creyendo todo lo que decían por el fervor y admiración que despertaban aquellos que habían, a sus ojos, franqueado una barrera (Zumthor, 1994).

Y aquí me voy a quedar en mi pequeña explicación sobre el espacio en el medievo. Me quedan infinitos temas en el tintero relacionados con el espacio, y podría profundizar más aún en los que os he contado, pero por el momento creo que este artículo os puede ayudar a entender cómo veían su mundo los habitantes de la Edad Media. Si os ha parecido un tema curioso y os gustaría saber más recomiendo leer el libro de Zumthor (si lo podéis encontrar, porque es complicado), y si os ha gustado el artículo y queréis que profundice en otros aspectos del espacio medieval comentadlo, ya sea aquí en la página de Biblioteca de Clío o en Twitter. Sin nada más que contaros hoy se despide vuestro mundanista, esperando que hayáis disfrutado con la lectura y que os vayáis sabiendo un poquito más. ¡Hasta el próximo artículo!

Bibliografía

  • Capel, H. (1973). Percepción del medio y comportamiento geográfico. Revista de geografía, 58-150.
  • Estébanez Alvarez, J. (1979). Consideraciones sobre la geografía de la percepción. Paralelo 37, (3), 5-22.
  • Guenée, B. (1987). Entre l’Eglise et l’Etat: quatre vies de prelats francais a la fin du Moyen Age (XIIIe-XVe siecle). Gallimard.
  • Martínez, Z. M. (2009). Ciudad próxima. Urbanismo sin género.
  • Muxí Martínez, Z., Casanovas, R., Ciocoletto, A., Fonseca, M., & Gutiérrez Valdivia, B. (2011). ¿Qué aporta la perspectiva de género al urbanismo?
  • Parodi, M. (1981). Tempo e spazio nel medioevo. Zumthor, P. (1994). La medida del mundo: representación del espacio en la Edad Media. Anaya-Spain.
Un comentario en «Espacios percibidos: la visión del espacio en la Edad Media»
  1. EL TEMA ES INTERESANTISIMO PARA QUIENES, COMO YO, NOS SENTIMOS FASCINADOS POR OTRAS EPOCAS, ESPECIALMENTE EL MODO DE VIVIR, DE SENTIR, Y DE CONCEPTUALIZAR EL MEDIO DE SUS HABITANTES.

    PARA PROFUNDIZAR UN POCO, QUIZA SE HUBIERA PODIDO HABLAR DE LOS MAPAS A LO LARGO DEL MEDIEVO, DESDE LOS INICIALES, CON UN CARACTER SIMBOLICO Y POCO REPRESENTATIVO U ORIENTATIVO, SIEMPRE CON JERUSALEN COMO CENTRO DEL MUNDO, A LA CARTOGRAFIA QUE EMPIEZAN A REALIZAR LOS PORTUGUESES CUANDO SE LANZAN A EXPLORAR EL OCEANO. SUPONGO QUE, DURANTE LA MAYOR PARTE DEL MEDIEVO, LOS VIAJES SE REALIZABAN SIGUIENDO INDICACIONES O CON PUNTOS DE REFERENCIA, Y NUNCA CON REPRESENTACIONES GRAFICAS DEL ESPACIO.

    CREO QUE TAMBIEN VALE LA PENA LEER A MIRCEA ELIADE (EL MITO DEL ETERNO RETORNO, LO SAGRADO Y LO PROFANO) PARA COMPRENDER COMO ENTIENDEN EL ESPACIO OTRAS CULTURAS PREMODERNAS.

    POR ULTIMO, ME HAN DECEPCIONADO MUCHO LAS ALUSIONES AL GENERO. POR ENESIMA VEZ, NO HAY QUE CONFUNDIR SEXO CON GENERO. LOS SERES DEL GENERO HUMANO SOMOS HOMBRES O MUJERES SEGUN NUESTRO SEXO. Y ESTO, ES CIERTO, CONDICIONA NUESTRO MODO DE COMPRENDER EL ESPACIO PORQUE, DE HECHO, EL SENTIDO DE LA ORIENTACION SUELE ESTAR MAS DESARROLLADO EN EL SEXO MASCULINO (EL FEMENINO SUELE ESTAR MAS AVENTAJADO EN OTROS ASPECTOS). PERO NO CONVIENE INTRODUCIR EL DISCURSO FEMINISTA TRATANDO TEMAS COMO ESTE.

    UN SALUDO.

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