Pedro I de Castilla fue un monarca objeto de intrigas, luchas internas, guerras militares y de difamaciones, algo que es muy común entre los de su clase. Sin embargo, la dureza que la historiografía ha usado para elaborar su relato biográfico, algo azuzado también por su peor enemigo, su hermanastro Enrique de Trastámara. En este artículo, se analiza su vida y se explican sus hechos más destacados, y se intenta argumentar el porqué de la fama que pesa sobre él.

«Pese a todo, la imagen del rey es la de una persona muy activa y emprendedora. Cabría pensar hasta qué punto la visión que suele tenerse de él no está también un poco distorsionada, debido a que, en realidad, fueron sus enemigos los que escribieron su historia

Cabrera Sánchez, M. (2011). Una etapa de autoritarismo. En Álvarez Palenzuela, V. Á.Historia de España de la Edad Media. Madrid: España. Ariel. Pág. 647.

¿Se juzga a una persona por sus actos?

«Pedro I era de carácter colérico, desconfiado, sufría con frecuencia paranoias a causa de una enfermedad infantil y desplegó una determinación salvaje contra sus enemigos, pero no se le puede describir como un sádico irracional. Frente al jurado de la Historia podría alegar que su crueldad fue en defensa propia.«

Cervera, C. (31 de marzo de 2015), El rey más controvertido: Pedro I de Castilla. ¿“El Cruel” o “el Justiciero”?. ABC. Recuperado de: https://www.abc.es/espana/20150203/abci-pedro-cruel-castilla-201502021856.html

Todos somos juzgados por nuestras acciones, pero lo peor que nos puede suceder es que sea la Historia quien nos condene. La bondad extrema no existe, y menos si una persona ocupa un puesto de tanta responsabilidad como es el de monarca. A Pedro I de Castilla se le pueden imputar sucesos de lo más escalofriante, sin embargo, el error es nuestro si decidimos abrir un juicio contra él con nuestra visión actual.

Pedro I de Castilla
Detalle del retrato de Pedro I de Castilla en el Consistorio hispalense (1857).

Nació en el corazón castellano, Burgos, el 30 de agosto de 1334, y ya, desde el nacimiento, le sobrevendrían problemas de una gran magnitud. Era hijo de Alfonso XI de Castilla y León, monarca castellano que reinaba desde hacía 22 años; y de su única esposa, María de Portugal, quien era, además, nieta de otro rey patrio, Sancho IV.

Su infancia fue compleja: era bien conocida la relación extraconyugal de su padre, el Rey, con la sevillana Leonor de Guzmán, perteneciente a dos linajes de gran poder dentro de la Corona de Castilla (los Guzmanes y los Ponce de León); sus dos hermanos consiguieron puestos relevantes, como es el caso de Alfonso, privado del monarca castellano, y Juana, casada con un descendiente de Enrique “el Senador”, hijo de Fernando III de Castilla, por lo cual entroncarían con la Familia Real. Esta casó con Juan de Velasco, si bien quedó viuda con tan sólo 17 años, momento en el que conoció al rey Alfonso mientras este se hospedaba en Sevilla; esto se hizo público a partir de 1330.

«Leonor de Guzmán, a la sombra protectora del poder regio, correspondería siempre a la privanza del Monarca con absoluta entrega, ejemplar fidelidad y entrañable compañía familiar en sus desplazamientos militares y cinegéticos, especialmente a Andalucía, en donde siempre contó con numerosos adeptos.«

Manuel García Fernández. Biografía de Leonor de Guzmán. Real Academia de la Historia. http://dbe.rah.es/biografias/14978/leonor-de-guzman

Llegó a alcanzar tanta predilección del rey castellano, que se convirtió de facto en la verdadera reina, desplazando totalmente a su legítima esposa, María de Portugal, quien vivía recluida con su único hijo, Pedro. Así, el patrimonio de la “favorita” real fue incrementándose exponencialmente conforme avanzaba el tiempo, atesorando las rentas y la administración de numerosas villas: Alcalá de Guadaira, Medina Sidonia, Huelva, Cabra…

Incluso, llegaron a contar con una numerosa prole; entre 1331 y 1345, tuvieron diez hijos, como Enrique de Trastámara, y cada uno de ellos contaron con un generoso reconocimiento tanto social como económico y político, recibiendo títulos, pensiones, etc. Sin embargo, el monarca falleció aquejado de Peste Negra, cuando se hallaba enfrentado con los benimerines en Gibraltar, el 26 de marzo de 1350, con 38 años.

El único heredero legítimo era su hijo Pedro, y cuando éste alcanzó el trono castellano, la Reina viuda, María, aprovechó para iniciar una política de “venganza” hacia la amante de su fallecido marido; «la repentina muerte de Alfonso XI […] marcó lógicamente el principio del fin para la favorita y la multiplicación de los problemas políticos y sociales para su vasta descendencia» (Almela, 2016).

El reinado y romances de Pedro I de Castilla

El aislamiento de la Guzmán y el abandono de sus partidarios fue acentuando esa soledad; recibió un fingido apoyo del rey Pedro y de su privado, Juan Alfonso de Albuquerque, que la atrajeron hasta la capital hispalense, donde fue apresada y aislada en el Alcázar.

En la primavera de 1351, fue llevada a la celebración de Cortes en Valladolid, donde fue acusada por la viuda como la causa de todos los males de la Corona; […] «el odio y la saña acumulados y contendidos durante tantos años de ultrajes y vejaciones estalló violentamente. Con el consentimiento de Pedro I, su madre ordenó a su escribano y hombre de toda confianza […] el homicidio de Leonor de Guzmán» (Almela, 2016). Esto ocurriría en el verano de este mismo año.

El reinado de Pedro I de Castilla no estuvo exento de conflictos, tanto internos como externos, y también en su vida amorosa. «Su reinado marca el abandono de la Reconquista y, olvidado este objetivo, los nobles castellanos se entregaron furiosamente a una guerra civil y dinástica apoyada por intervenciones extranjeras» (Almela, 2016).

En la política interna, debemos señalar las continuas intrigas palaciegas y cortesanas, así como abiertas disidencias nobiliaras, siendo un ejemplo de ello el Señor de la Casa de la Vega y Adelantado Mayor de Castilla, Garcilaso II, quien lo retó en Burgos, donde se hizo fuerte. También decidió revisar, en las Cortes de Valladolid (1351), la situación de una institución castellana: las Behetrías, «fórmula de encomienda medieval, abundante en Castilla, por la cual el campesino conservaba la opción de escoger a un señor, ya con total libertad o ya dentro de una familia. Representaba, por tanto, una situación intermedia entre la plena autonomía y la dependencia» (Ferrera Cuesta, 2005).

Miniatura de María de Padilla del Liber genealogiae regum Hispanie (s. XVI)

Los romances del monarca, como el de su padre, también fueron polémicos. En el verano de 1352, conoció a María de Padilla, quien era hermana del Maestre de la Orden de Calatrava, una de las más importantes del panorama castellano; las crónicas y, diversas fuentes historiográficas, describen su relación con esta como bastante amorosa y pasional, dándole cuatro hijos (Beatriz, Constanza, Isabel y Alfonso). Sin embargo, no pudieron contraer matrimonio, ya que se le impuso al rey que se casara con Blanca de Borbón, familiar de varios monarcas franceses, por lo que se puede entender este forzado enlace como un intento de mejorar las ya de por sí maltrechas relaciones con el país galo.

El abandono por parte del esposo fue inmediato, y esto fue esgrimido por sus opositores como un motivo razonable para levantarse en armas e iniciar un conflicto militar entre los diferentes bandos existentes en este momento. Se estaba forjando una encarnizada pugna entre la alta nobleza y la Corona, en un proceso en el que se empezaba a forjar la Monarquía autoritaria; este proceso no fue único de Castilla, sino que podemos estudiar varios casos similares en el Occidente cristiano.

Y, como era de esperar, los hermanastros bastardos, los Trastámara, se adhirieron al bando contrario al de Pedro I de Castilla; sus soldados llegaron a entrar en Toledo y perpetraron tropelías contra los judíos, lo cual revela el claro sentimiento antisemita de Enrique de Trastámara, y el porqué del apoyo de este sector al rey Pedro; la derrota del oponente en la ciudad del Tajo por las fuerzas petristas, obligó a este a huir a Francia, por lo cual ya no se trataba de una simple guerra civil, sino que adquirió un fuerte carácter internacional.

El principio del fin para el Justiciero: la Guerra de los Dos Pedros

Aragón, que mantenía enconados rencores con respecto a los castellanos (disputa por Murcia, lucha por la hegemonía mediterránea…), utilizó el hundimiento de dos naves de los genoveses, aliados de Castilla, como pretexto para iniciar una contienda con su vecino peninsular; esto se llamaría la Guerra de los Dos Pedros, iniciada en 1356.

Este conflicto permitió el regreso de Enrique, pues este prometió al aragonés la entrega de Murcia si conseguía alcanzar el trono castellano; pero ello no evitó una gran cantidad de fuertes victorias por parte del rey castellano frente al aragonés, y es en este momento cuando se le imputa su “famosa crueldad”:

«[…] la venganza de don Pedro fue terrible. De los cinco hijos de Leonor de Guzmán, solo se libraron de la muerte Enrique y Tello porque huyeron a Francia; pero Fadrique, Juan y Pedro fueron asesinados en presencia del rey, y la misma suerte corrió más adelante el infante Fernando y su madre Leonor, tía del rey

Almela, J. V. (2016), 1000 años de la Historia de España. Madrid: Sekoitia. Págs. 87-88

Pero no podemos olvidar que estos actos, en la época en la que fueron cometidos, eran incluso leves; la traición hacia un monarca se penaba ferozmente.

Regresando de nuevo al plano amoroso, Pedro I de Castilla nunca se olvidó de su amante María de Padilla; en un continuo enfrentamiento con su esposa legal, Blanca (la cual falleció asesinada en 1361), mantuvo sus relaciones con la castellana, que también murió en el mismo año. Ante las Cortes reconoció que ella fue su verdadera mujer y la única, lo que pareció para algunos magnates y personalidades relevantes como argumentos suficientes.

Sin embargo, no hubo exclusividad; se conocen nombres de mujeres que mantuvieron relaciones con el rey Pedro: Juana de Castro, con la que tuvo a un hijo, Juan; María González de Hinestrosa, madre de su hijo Fernando; Teresa de Ayala, sobrina del canciller Pedro López de Ayala (1332-1407), madre de su hija María; e Isabel de Sandoval, que le dio tres hijos (Sancho, Juan y Diego).

A partir de 1360, se inició su decadencia; paulatinamente, sus partidarios abandonaron su causa, derivado esto del fuerte componente personalista de su reinado, además de su férrea defensa de lo que se denomina “minorías religiosas”, como son los judíos y los musulmanes.

El punto álgido fue la proclamación en Burgos de Enrique de Trastámara como rey de Castilla, iniciándose así una guerra civil; Pedro I de Castilla, acosado por sus enemigos, huyó (como ya lo hicieron sus oponentes) al sur de Francia, donde firmó un acuerdo con el heredero inglés, el conocido como “Príncipe Negro» (Eduardo de Woodstock, 1330-1376), recibiendo el apoyo de Inglaterra.

Ilustración que muestra la cabeza del Rey Pedro I de Castilla clavada en una pica (siglo XV). Cuando Bertrand du Guesclin agarró a Pedro I y lo mató se cuenta que le dijo: «Yo ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor».

Aunque recibió el apoyo de estos, de la pequeña nobleza y de aquellos pertenecientes a dichas minorías, Pedro fue presionado hasta el límite, hasta encontrarse en Montiel (Ciudad Real), dando pie a la tradición historiográfica. En esta localidad manchega, se encontraron ambos contendientes:

«¿qué ocurrió a raíz de aquel encuentro? La versión transmitida por el cronista López de Ayala, el cual indica que el Trastámara, cuando supo que tenía en frente a sí a su hermano Pedro I, “fírioló con una daga por la cara; é dicen que amos á dos, el Rey Don Pedro é el Rey Don Enrique, cayeron en tierra, é el Rey Don Enrique le firió estando en tierra de otras feridas. E allí morió el Rey Don Pedro. Pero no queda ahí la tradición: entra en juego en este momento un enigmático personaje francés, conocido como Betrand Du Guesclin; habiendo desarmado Pedro a Enrique, Bertrand du Guesclin intervino sujetando al Rey por la pierta y haciéndolo girar, momento que aprovechó el hermano bastardo para asestarle una estocada mortal. Después de la lucha, el caballero francés se justificó con su cita más conocida: “Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor”. A continuación, la cabeza del Monarca fue clavada en una pica y exhibida entre las tropas.«

Cervera, C. (2015b). Enrique II “el Fratricida”, el hijo bastardo que mató a su hermano para ser rey de Castilla. ABC. Disponible en: https://www.abc.es/espana/20150402/abci-enrique-fratricida- castilla-201504011835.html

Reflexión final

Termina así la vida de Pedro I de Castilla (¿El Cruel? o ¿El Justiciero?), núcleo de un debate histórico e historiográfico mantenido a lo largo de los años; al fin y al cabo, llevó a la práctica medidas que ya fueron tomadas por otros contemporáneos y antecesores. Por tanto, ¿fue víctima del discurso y de la historia hecha por sus enemigos? No sería el primer caso. Ni tampoco será el último.

«[…] Nadie puede negar que Pedro I actuó con extrema dureza en su lucha contra los grandes señores de la nobleza y contra los de su propia sangre. Pero no hizo nada distinto al otro bando, salvo perdonarle la vida varias veces a ese mismo hermano que fue su verdugo. Enrique, el responsable de introducir el apelativo de cruel en las crónicas, fue llamado a la posteridad “el Fratricida”. Un apodo igual de crudo que el de su hermano. Ambos, no obstante, mataron a hermanos y mostraron inusitados grados de violencia, incluso para el belicoso Reino de Castilla, durante la guerra que les enfrentó. Ambos pudieron recibir el apodo de su contrincante de ser otros los cronistas.«

Cervera, C. (2015a), El rey más controvertido: Pedro I de Castilla. ¿“El Cruel” o “el Justiciero”?. ABC. Recuperado de: https://www.abc.es/espana/20150203/abci-pedro-cruel-castilla- 201502021856.html

Bibliografía-Webgrafía

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